13.5.09

La devoradora de hombres

Si me viese forzado a condensar, en un epíteto de sabor homérico, la fisonomía para mí característica de la Cataluña actual, escogería éste: Cataluña, la devoradora de hombres. Porque quizás en ninguna otra parte del mundo encontraríamos, dentro de unos límites geográficos tan reducidos, una tan lamentable imposibilidad de colaboración y convivencia de unos hombres con otros, un tan irreductible instinto colectivo de destrucción de prestigios individuales.

He aquí un ejemplo típico, un caso que hemos presenciado los catalanes que hace unos quince años comenzamos a prestar atención a los sucesos de nuestra vida pública. Cuatro hombres jóvenes, admirablemente dotados, descollaban entonces entre las nuevas generaciones. Eran los jefes naturales del catalanismo intelectual y activo, recién salido de las aulas: uno, en el orden de la arqueología histórica; otro, como mariscal nato de los boy-scouts literarios; el tercero, príncipe indiscutible de la renovada poesía y de todos sus cenáculos barceloneses; el cuarto, el temperamento político más considerable que ha producido la Cataluña moderna. Estos hombres se llamaban, respectivamente, José Pijoan, Eugenio d’Ors, José Carner y Francisco Cambó. En cualquier otro pueblo, lo probable, lo seguro, habría sido que hoy esos hombres, al cabo de quince años de labor magistral, estuvieran apenas llegando a la madurez de su esfuerzo, y que les faltara todavía gozar de otros tantos de prestigio definitivo, de consagración. ¿Qué ha sido de ellos en Cataluña? Todos han desaparecido.

Pijoan, el verdadero creador del Institut d’Estudis Catalans, hace ya largos años que se fue para siempre; es una formidable energía racial perdida muy lejos de su patria, en las tierras del Canadá. Muchos jóvenes de hoy le desconocen ya por completo. Eugenio d'Ors llegó a ejercer aquí una dictadura inverosímil. Le llamaban genio a cada paso, le comparaban a Platón. Entonces éramos sólo tres o.cuatro los que nos horrorizábamos en secreto ante tamaños excesos. Luego, al cabo de unos años, fuimos los mismos tres o cuatro los únicos que se mantuvieron apartados, mientras se lapidaba con ensañamiento al ex Platón catalán. Hoy colabora en los periódicos más hostiles al catalanismo: otro valor insustituible—no genial, ni divino, sin duda, pero insustituible,—perdido para siempre. José Carner es el poeta barcelonés por excelencia. Su figura entre nosotros, una vez pasadas sus intemperancias juveniles, en plena madurez, habría sido un regulador, una balanza del mercado poético. Pero la Barcelona que da tantas becas y prebendas a propios y extraños, no ha tenido un refugio para su gran poeta. Y éste, que se pasó la juventud, como una cigarra catalanista, abominando del poder central, ha tenido que marcharse de Barcelona y recuerir a ese poder odioso, para que le confíe el encargo de izar y arriar una bandera española, todos los domingos y días festivos, en el asta modesta de un consulado remoto. El caso de Cambó es tan reciente, que no exige recordatorio alguno. En resumen: esos cuatro hombres, que fueron los primeros y más legítimos prestigios de su generación, cada cual en su esfera, han tenido que abandonar la obra que emprendieron. ¿Para quién es, principalmente, la pérdida?

Examinados separadamente, cada uno de estos casos suele tener entre nosotros una explicación superficial. Cuando habláis de alguno de esos hombres puestos fuera de combate, os dicen: «Pero, ¿no le conocía usted? ¡Era insoportable! ¡Era imposible tratar con él!» Mas yo digo, abarcándolos a todos, en conjunto: ¿no es extraño que todas las primeras figuras de nuestra generación hayan resultado, precisamente, insoportables? ¿No os escama este hecho? ¿No os pone en guardia, no ya contra esos hombres rara y unánimemente insoportables, sino contra el ambiente que los reputó de tales? ¿Dónde radica la verdadera insoportabilidad: arriba o abajo? En una palabra: lo insoportable qué es en Cataluña, ¿el soportado o el soporte?

Si ensanchamos el campo de nuestra observación, éste raro fenómeno se amplía e ilumina. En esos mismos quince años fugaces, que han bastado para descartar a los cuatro prestigios más sólidos de nuestra generación intelectual y política, ¡cuántas cosas, cuántos otros nombres, un día famosos, triunfaron pasajeramente y se hundieron! En nuestra. Cataluña tan pequeña, que parecería obligada a guardar como oro en paño toda superioridad que se revele en su seno, hay por el contrario un terrible malestar, una desazón iconoclasta, como si todos no' cupiéramos en la estrechez de nuestra propia tierra. En ningún sitio del mundo es tan fácil como aquí encumbrarse fuera de toda medida; pero tampoco en parte alguna es tan seguro caer prematuramente, fuera de toda razón. Poetas, novelistas, dramaturgos, políticos, cuantos necesariamente deben apoyarse en el favor de las masas, han constatado el inflexible rigor de esta ley. Los hombres, las personalidades, entre nosotros se desgastan con una rapidez aterradora. La evolución normal de una carrera brillante lucha, triunfo, consagración, aquí queda reducida casi siempre a sus dos primeras fases, y aún trastocadas: lo primero es el triunfo, un triunfo absurdo, prematuro, súbito, muchas veces sin explicación ni justificación satisfactorias, ya que un librito, un éxito, un gesto, una frase bastan para arrancarlo alborotadamente; y luego comienza en seguida la lucha, una lucha sorda, constante, agotadora, para mantenerse en el lugar conquistado, contra una avalancha de fuerzas demoledoras, enemigas irreconciliables de toda superioridad. Pronto llega el inevitable derrumbamiento, y después el olvido. La consagración no es de esta tierra. En Cataluña no se consagra a nadie jamás. Así como en tiempos antiguos se decía: ¡ay de los vencidos!, aquí, por el contrario, nuestro lema práctico es: ¡ay de los vencedores! Hombre vencedor, hombre al agua.

Diríase que en las entrañas de Cataluña actúa un genio maléfico, una bárbara ley de selección negativa, que escoge a los mejores, no para coronarlos, sino para hundirlos. ¿Quién se acuerda ya de los novelistas, los poetas, los artistas, los políticos, los dramaturgos de hace tan sólo veinte, quince, diez, cinco años? Constantemente vivimos al día, entusiasmados pasajeramente con todas las novedades de hoy, sin , trabazón ni cariño por lo de ayer y con el secreto instinto de olvidarlo todo mañana, para recomenzar de nuevo. ¿Por qué Narciso Oller, Víctor Català, Ignacio Iglesias, Rusiñol (para hablar sólo de una minoría que conoció el gran éxito) enmudecieron tan pronto? ¿Por qué Jaime Carner, Corominas, Hurtado, Alomar, hombres todavía fuertes y de primer orden, se volvieron tan bruscamente a sus casas y se encerraron con doble llave en ellas? ¿Cómo es posible que Pijoan, y Xenius, y José Carner, y Cambó, ya sean valores agotados, perdidos?

¿Qué va a pasar, si la inexorable ley continúa, con los que hoy han acudido animosamente, llenos de buena fe y entusiasmo, a cubrir los puestos abandonados por los viejos malgré eux, los arrinconados, los tránsfugas, los hastiados y los vencidos? Este derroche de energías es abominable. Diríase que cada generación nuestra necesita, para vivir, apoderarse egoísta y exclusivamente de toda la estrechez de nuestra tierra, expulsando con violencia a las generaciones, todavía vivientes y útiles, que la precedieron. La convivencia, la colaboración armónica, son prácticamente imposibles. Todas las personalidades acusadas y fuertes sucumben a destiempo, en plena madurez; renuncian o se les echa. Yo sólo recuerdo, en este momento, tres figuras catalanas de nuestro tiempo, que hayan logrado mantenerse hasta el final. Fueron el doctor Robert, Maragall y Prat de la Riba; pero quizás se conservaron así porque los tres murieron prematuramente. Si sus vidas hubiesen alcanzado el desarrollo normal, ¿qué habría sido de ellos? Es probable que se les hubiese aplicado nuestra espantosa ley: esa ley que, para serlo más rotundamente, incluso tiene, en la venerable y venerada figura de Ángel Guimerá, una excepción gloriosa. Nuestras calles y casas, nuestras amistades, nuestros centros culturales, academias y ateneos, están llenos de despojos de esa implacable selección negativa: ruinas de valores humanos que en todas partes se habrían aprovechado amorosamente, utilizándoles hasta su última gota de jugo, pero que aquí, donde tanta falta nos hacen a causa de nuestra pequenez, derrochamos y tiramos pródigamente, como si fuésemos la más rica, grande e inagotable cantera del mundo. A cada momento nos cruzamos con hombres todavía fuertes y jóvenes, que son como cadáveres de glorias efímeras. No sé lo que Cataluña sería si lograse, como se hace en todos los pueblos, incluso en Castilla, respetar, ahorrar y hacer rendir el máximo tributo colectivo a sus capacidades. Pero me parece que está condenada a pesar muy poco en la balanza del mundo, mientras siga devorando tan rápida e implacablemente a sus hijos.

Gaziel. "La devoradora de hombres". La Vanguardia (20.06.1923).

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